Sophy Antonella
(18-11-
2008/18-07-2013)
Sophy, Walker y Stephy: en el jardín prohibido
Y llegó enero de 2011, luego de
todo lo vivido desde agosto del 2010, con el celo, la monta, el embarazo, el
Puppy shower, el parto y la crianza de los cachorros era justo que todos nos
tomáramos un descanso, después de todo había sido una mitad de año muy
intensa. No se nos ocurrió nada mejor
que llevar a los perros al segundo jardín que ellos disfrutan, después del
parque La Mansión: los jardines de la Universidad Simón Bolívar.
El ingreso a la universidad para
el disfrute de los jardines era permitido hace muchos años, a partir de una
publicación en un periódico de circulación nacional, la cantidad de gente que
iba cada fin de semana se incrementó. Como consecuencia de este incremento en
el número de visitantes, se incrementó igualmente el deterioro de los jardines.
Tristemente, la gente no sabe apreciar los espacios y en vez de mantener la
limpieza del lugar cada fin de semana los jardines era victimas del mal uso y
abuso de las instalaciones por parte de los visitantes. Por algunos mal comportados pagamos todos. El ingreso
a la Universidad se prohibió por algún tiempo y ahora las normas son mucho más
estrictas.
Como buena ciudadana, yo siempre
tengo bolsitas en mis bolsillos para recoger los desperdicios de mis perros. Aun si
ellos no están conmigo, en mis bolsillos siempre hay bolsitas. Recojo la basura
y los desperdicios de lo que haya
consumido, si no hay papeleras me los llevo a mi casa y allí los boto donde
corresponde. Por sentirme responsable de mis actos, no me cohíbo de llevar mis
perros a ningún lugar. Posteriormente, me enteré que al parecer el ingreso de
animales a la Universidad Simón Bolívar está prohibido, pero sucede lo mismo
que en el Parque del Oeste, adentro del campus viven no menos de 7 u 8 perros
callejeros. Mientras que yo que llevo mis perros con sus correas, con bolsitas
para recoger su pupú y no ensucio, no puedo entrar con ellos. Una locura ¿verdad? En fin…
En enero de ese año 2011 fuimos
de paseo a la universidad, ingresamos sin problemas y ya casi al final del
paseo llegó uno de los vigilantes a pedirnos que nos fuéramos porque allí no se
permiten los perros. Afortunadamente, Sophy, Walker y Stephy ya habían
disfrutado lo suficiente por lo que nos fuimos sin armar mucho alboroto pero
obviamente no pude quedarme callada e igual elevé mi voz de protesta.
Fue una tarde muy agradable, los
perros corrieron, jugaron, comieron, comimos, descansamos respiramos aire puro,
pudimos escuchar el sonido de las aves, desconectarnos de todo el ruido
capitalino. Desde ese entonces no pudimos regresar con los
perros a disfrutar de los jardines de la Universidad Simón Bolívar, de manera
que se convirtió en el jardín prohibido para los perros con dueños porque los
callejeros viven allí.
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